Equinox Fin de Semana

Notas de Felix Obes Fleurquin y del Semanario Equinox Fin de Semana de Uruguay

Wednesday, April 22, 2009


El casco alemán y la gira de Daniel


Mi padre tenía esas cosas que heredamos nosotros y que hace un rato, sentado en mi "Sillón de Papá" que tengo en casa, entrecerré los ojos y medio dormitando no sé a causa de qué asociación de ideas, recordé uno de los pedidos estrafalarios que le hacíamos cuando viajaba.

Creo que era su segundo viaje a Francia; volvió del primero, alucinado como quien descubrió otra Galaxia, lo más lejos que había llegado antes era Bariloche y Rio de Janeiro, pero en ese año 66 le tocó al fin cruzar la mar océano y ahí fueron con mi madre, a París de cabeza, quizás por aquella historia de familia en la que mi abuelo Federico Fleurquin no había llegado nunca por haberse topado con mi abuela Anita Bartollini en Rio haberse enamorado tanto, pero tanto que abandonó París por ella y la siguió Sur abajo hasta Montevideo, donde la historia siguió hasta llegar a este escribidor que recuerda esto.

Y quedó esa historia ahí, del amor encontrado y el viaje frustrado con abuelo a sus casi 90 años suspirando porque no había conocido París. Quizás por eso, el primer destino fue ese, como lo fue el mío en el primer viaje a Europa en que llegué con el mapa de la Ille de la Cité memorizado en el ADN y nunca me sentí fuera de casa, aún hoy, creo que ahí no me pierdo aunque me venden los ojos. Pero vuelvo al tema.

A mi padre le hacíamos pedidos de esos, una Legión de Honor, una espada, una armadura -en eso nunca me dio bola- y un casco alemán, porque a mí el tema de la Segunda Guerra siempre me fascinó, y además, allá en los 60, no sé si se acuerdan los que andaban en moto como yo, era el ¡Máximo! tener un casco alemán como los chicos rudos de las películas de motoqueros.

Lo recuerdo llegar en el segundo viaje, con una bolsa de esas de mochileros, una verde militar, y el casco rebotando por toda la Aduana de Carrasco ante las miradas de desconcierto de los aduaneros y el público. Me lo había traído, rezongando por el peso, pero me lo había traído, con el mismo entusiasmo que en un viaje de esos siguió una gira de mi hermano Daniel que iba con Urunday creo, o algún cuadro universitario por Francia, y lo iba a ver a partidos en ciudades perdidas en el mapa, y con el mismo entusiasmo -de ahí viene la cosa- que le hice fabricar el año pasado unas botas de invierno a Virginia para enviárselas a España, porque la nena quería que las botas se las enviara Papá.

No sé a que vino esto, estaba dormitando y el recuerdo del casquito, todo abollado y herrumbrado por el barro de Flandes me hizo sonreír y decidí dejarlo por escrito.

El casco lo tiene ahora Maxi por ahí.

Un abrazo

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